jueves, 6 de junio de 2013

El regalo de Prometeo



Clink… Clink…Clink.

“¡Idiota, nunca vuelvas a comprar algo de Timothy Baes, nunca jamás!” Ben repetía una y otra vez para sus adentros, su mente se encontraba en llamas mientras sus dedos conocían la más fría de las heladas. Pocos saben lo que es el frío de las primeras horas dentro de los bosques Jundianos, y aun menos son los que logran sobrevivir hasta el mediodía sin la compañía de una fogata; Benjamin había confiado demasiado en su suerte intentando cruzarlo en menos de un día de marcha, y como consecuencia la noche lo había alcanzado en pleno corazón de Jund.

Hacia ya unas horas que se encontraba refugiado en un pequeño claro donde el clima no castigaba tan fuerte, no obstante quedarse estancado allí no era una buena ideas.

Clink… Clink…Clink…

Golpeaba una y otra vez un mineral contra otro utilizando un pequeño trapo, pero no lograría obtener fuego sino solo un molesto sonido metálico. Muy dentro suyo sabía que estaba luchando una batalla condenada a fracasar desde un principio, hacer funcionar esa yesca húmeda y de mala calidad iba requerir algo que sin dudas no poseía.
No había otra opción, debía reiniciar su marcha aunque sus pies entumecidos le impidan continuar. Sentía los ojos bastante apesadumbrados frente a la oscuridad y, como si fuera poco, para guiarse por su oído primero tendría que alejarse lo suficiente como para que los murmullos del río se pierdan entre la densidad de los árboles. En condiciones normales poseía una mente aguda y practica, pero en ese momento sus ideas eran solo un garabato; su convaleciente esposa necesitaba las medicinas en su morral, pero para llegar a su cabaña debía sobrevivir primero.
Solo existía una única verdad, ambos vivirían solo si él retomaba su marcha; decidido a cruzar el bosque en la mas completa y absoluta oscuridad guardó finalmente sus elementos y con bastante dificultad comenzó a avanzar hacia el norte.

Ben sentía como si nadara en un mar negro, denso como el alquitrán y compuesto solamente de ramas y hojas; sus brazos y piernas estaban todos cortados y, pese a que no podía verlos, podía sentir calidos y delgados hilos de sangre escapar de sus heridas. Alrededor reinaba el más absoluto de los silencios y eso realmente lo incomodaba, ningún ave nocturna ni insecto cantaba en esa noche dejando solo al misterio como protagonista absoluto.
Súbitamente un aullido quebró la noche y antes de darse cuenta se encontraba corriendo, y así se mantuvo por largo tiempo hasta que su pecho agitado no aguanto más. Con la velocidad de un rayo sacó de su cintura un cuchillo y comenzó a envolver su brazo izquierdo en su capa; en su pasado había sobrevivido a varias jaurías de lobos, conocía sus técnicas de caza y más aun sabía como responder frente a ellos pero hoy se encontraba en las peores condiciones posibles: débil y ajeno a cualquier luz.

Varias son las supersticiones centradas en la figura del lobo, algunas solo cuentos para asustar niños y alejarlos de los montes y boscajes mientras otras son exageraciones basadas en hechos reales. Garras que cortaban carne con la facilidad de un cuchillo afilado por el mejor herrero, aullido capaz de atacar los corazones débiles y paralizar el cuerpo, y ojos capaces de maldecirte por el resto de tus días. Los lobos de Jund eran, sin lugar a dudas, la especie sobre la cual se podrían haber creado todas estas leyendas y la que mejor esgrimía algunas de estas características.

La espera se hizo silencio, solo silencio y oscuridad alrededor de una triste certeza: los lobos habían olido su sangre y se acercaban en el mayor sigilo. Ante el primer sonido, Benjamin actúo como lo haría cualquier presa y hecho a correr intentando alejarse del peligro. La única manera de sobrevivir era no entablar combate y su único aliado era, irónicamente, el miedo a la muerte; en penumbras corrió, saltó y se arrastró a ciegas hasta dar con un declive que lo hizo rodar nieve abajo. Débil y mareado, el suelo se le escapaba de las manos al intentar ponerse en pie y, como una presa herida, espero su final. Consciente y preparado.
Pero esa noche la muerte tenía otros asuntos que atender y los lobos también.



---------------------------------------------------------------------------------------------------------


Levemente recuperado Benjamin intentó nuevamente incorporarse pero su pierna se encontraba destrozada. Antes que el creciente dolor nublara sus sentidos, ató una parte su abrigo para detener la sangre y le arrojo encima lo poco de wisky que aun conservaba, eso iba a servir por el momento.
Usando el tacto buscó alguna señal que le indicara donde estaba, por la falta de viento y la pared rocosa detrás de él comprendió que había rodado hasta caer dentro de alguna cueva; recordando un crujido al caer comenzó buscar sobre el suelo ,encontrando varias piedras finas y filosas hasta dar con un montón de ramas apiladas y cenizas. Al parecer alguien había armado una fogata… eso significaba que, sin lugar a dudas, no se encontraba solo en lo absoluto...

Cuchillo en mano comenzó a arrastrarse lentamente por el suelo helado, controlando su respiración, con el mayor sigilo posible comenzó a avanzar. Su corazón se detuvo por un momento al golpear lo que parecía ser una pierna, reaccionó buscando el cuello de la persona y depositando el cuchillo allí en forma de amenaza. Pero lo que no esperaba era que la piel de este extraño se encontrara mas fría que la nieve y el viento, rígida como la piedra misma y tensa como si hubiera encontrado el fin lo hubiera encontrado consciente.

La calma desapareció así como el poco calor que conservaba comenzaba a abandonarlo. Su respiración se acelero tanto que estuvo a de desmayarse, el mundo comenzaba a perder sentido hasta que en la desesperación toco algo que le devolvió el alma al cuerpo. Entre las mantas alrededor del cuerpo reconoció mediante el tacto una yesca.

Clink… Clink…Clink… 

¡Fuego!

Utilizando las ramas secas encontraras previamente finalmente obtuvo llamas, luz y, lo más importante, esperanzas. La cueva comenzaba a teñirse de colores rojizos y anaranjados bajo la llama, cuando sus manos y pies estuvieron finalmente calientes , luego de alimentarse de algo de carne seca que llevaba para el camino y arrancar fragmentos de varios minerales de sus manos y piernas, se acerco a corroborar el estado del cadáver que irónicamente le salvo la vida. Él era alto y muy delgado, y, por la expresión de sus ojos oscuros, enfrentó la muerte cara a cara. Benjamin buscó sin éxito entre las ropas del hombre hasta encontrar debajo de él una suerte de manuscrito; estaba escrito con expresiones un tanto antiguas, usadas en su momento por su padre o su abuelo; eso era algo curioso por el estado en que se encontraba el cadáver. Observándolo con atención notó que la degeneración causada por la muerte se encontraba en un estado muy leve, apenas la sangre se había acumulado en los tejidos y no tenia indicio alguno de esos insectos o sabandijas que comúnmente se alimentan de carne muerta; era realmente algo extraño. Volviendo su atención a las notas, Benjamin comenzó a leerlas despacio con el fin de descifrar correctamente la caligrafía.
Todas las cartas estaban dirigidas a un tal “Señor” por un hombre que se hacia llamar “Senescal Reginald Lodesnor” siendo la excepción una escrita por “Ethan de Durn”. Aquí las he ordenado por fecha aunque aun desconozco la relación de éstas con el cuerpo aquí presente.


---------------------------------------------------------------------------------------------------------


Mi señor, debo confesar que finalmente he conseguido atrapar al delincuente que ha robado “el zafiro de los mares” de vuestra nueva esposa. La señora en un principio considero haberla extraviado a los pocos días del casamiento, pero mi ojo observador me ha llevado a considerar el robo debido a la desaparición de varias llaves correspondientes al primer piso.
Hemos revisado las habitaciones de todo el personal y doncellas que le sirven, hallamos la joya entre las plumas de la almohada de un lavacopas. Debe saber que el muchacho tuvo inmediatamente una cita con la horca, así que no hay nada de que preocuparse. Solo me llama la atención sus ultimas palabras: “¡Es un error!”

 Cuando Ud llegue a la bahía de la sirena recibirá esta carta, bien sepa que con la joya la nueva dama ha recobrado finalmente su ánimo jovial el cual había disminuido por su partida hace ya casi treinta lunas. Como contraparte su hermano, el Barón Luther de Durn aun no ha vuelto, días después de su partida a desaparecido sin previo aviso.
No lo molesto mas, mi Señor, tenga por seguro que tendremos todo preparado para celebrar su vuelta a casa.


*


Mi señor, graves noticias. Su esposa ha fallecido tras casi seis días de padecer una fiebre que la ha consumido. El dolor es grande entre sus hijos, en especial la pequeña Elizabeth que no se ha alejado del cuerpo desde el alba. Ahora mismo bajo las órdenes del joven Ethan, ante el miedo de una epidemia, ha pedido explícitamente que luego de la ceremonia el cadáver sea cremado. Se que el joven amo no quería demasiado a la señora, sus continuas discusiones y ciertos roces generaron una larga enemistad entre ambos de la cual desconozco su origen, pero no podemos ignorar la amenaza que sería para su familia y su gente una epidemia en este momento. En el peor de los escenarios los únicos a salvo serian Ud y el Barón Luther de Durn que aun no han regresado.
Lo espero con ansias, imagino que la vuelta se vio postergado por algún imprevisto que espero no sea de consideración. Mi voluntad esta con Ud hoy y siempre, en especial en estos días grises.


*


Tragedia mi señor, su hija Elizabeth se encuentra enferma. Padece el tercer día de una gran fiebre y por los indicios en su piel puedo afirmar que padece lo mismo que la difunta dama. Asumo que el tiempo que pasó velando a la antigua señora fue suficiente para ser atacada por la enfermedad. Mientras el  boticario esta haciendo todo lo posible,  el joven Ethan ha partido hace dos días en busca de la anciana en la montaña de fuego, dijo que allí encontraría respuestas pero no ha vuelto aun. ¡Oh señor! Que la desgracia se aleje de nuestra puerta, su familia ha sufrido mucho para permitir la perdida de otro ser querido. Debería ver en este momento a su hija, tan tranquila durmiendo abrazada al zafiro, teme olvidarse de la antigua dama; tan cordial y amable aun en este momento tan critico.
Rezare día y noche por su inmediato regreso y la salud de sus hijos, los cuales quiero como si fueran míos.


*


Temo darle la peor de las noticias, han pasado varias lunas desde que Elizabeth ha muerto y ahora el joven Ethan se encuentra manchado por esta enfermedad a la cual llamamos “Viento helado” por que apaga la vida como si una llama fuera. El joven ha cabalgado varios días en estado de enfermedad antes de llegar al castillo, se niega que nadie ponga un pie en su habitación argumentando lo contagioso de la enfermedad luego de saber que el boticario compartió el mismo destino que Elizabeth. Ethan se ha pasado día y noche frente a la ventana acompañado solo por la llama de una vela, una pluma y papel de por medio; no creo que haya parado de escribir en estos días.
Señor, tenemos miedo.


*


Padre, Tengo que contarte la verdad y será por medio de esta carta ya que para cuando estés de vuelta yo no me encontrare aquí con vida. He cabalgado junto a los más valerosos y fieles de nuestros hombres hasta la extenuación para poder salvar a mi hermana, el destino fue la montaña de fuego. Si alguien podía detener esta enfermedad, sin duda seria la anciana; tras pasar por el viejo bosque de Jund llegamos finalmente a nuestro destino. Caminamos cuesta arriba hasta llegar a la cueva.

-          Anciana de la montaña, hija de las llamas y señora del tiempo. Te presento mis respetos. Soy Ethan de Durn y vengo humilde a pedir ayuda, mi familia muere y el asesino no posee cuerpo que ajusticiar.

Pero la única respuesta fue el eco de mis palabras, juro que grite hasta que mi voz flaqueo y solo entonces me adentré solo a la cueva. Tras caminar un largo trecho acompañado por una antorcha y luego de girar sobre varias esquinas de ese angosto pasaje llegué a una depresión natural donde el calor comenzó a aumentar mientras el aire parecía escasear. Mi resolución no había disminuido, no volvería al castillo hasta no conocer a la anciana, lamentablemente en el estado que la encontré seria imposible obtener respuesta alguna. Yacía en una recamara sobre varios cristales azulmarinos que crecían naturalmente a los costados de la cueva, tenia la garganta cortada de lado a lado. Pobre mujer.
Cuando me disponía a volver noté algo que llamó bastante mi atención. En esa cueva crecían unos minerales azulados similares a los utilizados para crear el zafiro de los mares, la joya que fue regalada a mi madrastra pocos días después de la boda. Entonces todo tomó forma. El Barón Luther fue quien le regalo esa joya a tu difunta esposa, la joya se encontraba junto a ella y a Elizabeth hasta que encontraron la muerte, el cristal azul se encontraba junto a la anciana y seguramente el cristal es la causa de mi enfermedad actual. Solo hay dos preguntas,
¿Si la anciana vivió toda su vida allí, por que no la afectó?
Y ¿Dónde se encontrara el Barón Luther, mi nefasto Tío? Estoy seguro que al menos para esta última encontrare respuesta, una respuesta manchada con su sangre…
Mañana mi informante volverá con su ubicación y saldré a cazarlo, donde quiera que este.


*


¡Que terror! ¡La mayor de las traiciones!, No encuentro palabras para describir mi hallazgo. Mi señor, su hermano es un traidor. Y digo esto con todo fundamento y tengo pruebas que lo avalan. ¡He enviado varias cartas dirigidas a Ud para informarle las tragedias que se han cernido sobre su familia y nunca llegaron a sus manos por que las tengo todas aquí conmigo! Y no es por error ni omisión, no hubo descuido aquí sino que las cartas dirigidas a su nombre eran llevadas a la habitación del Barón Luther por órdenes de él mediante un acuerdo a los heraldos, un acuerdo a vuestras espaldas. He entrado a su habitación, la cual se mantiene casi vacía  ya que él no hay vuelto aun, y me he encontrado con estas cartas mientras buscaba el libro de Durn entre su biblioteca. Esperaba encontrar una precedente de esta enfermedad, el “Viento helado”, en la historia de la región pero en su lugar encuentro todas estas cartas y notas. No solo mías sino decenas de otras redactadas por la familia. Y la mas preocupante, una escrita como el Ethan donde cuenta su viaje a la montaña y descubre el culpable. Ahora no dudo sobre quien esta detrás de esto. Esta carta estará conmigo en caso de que algo suceda, esperemos que no; mientras tanto iré e busca del joven el cual ha desaparecido rumbo al sur.


*


Esta será mi última carta, me encuentro en una desconocida cueva de Jund condenado a la muerte. Hace dos días que vengo huyendo de los soldados del Barón Luther luego de encontrar el paradero del joven Ethan quien había desaparecido hacia unas noches. Me disculpo si soy muy desordenado con los hechos pero no tengo mucho tiempo. Tras varios días iniciada mi búsqueda finalmente encontré al joven Ethan, se encontraba descansando sobre la orilla de un río, la vida se escapaba de sus manos cuando comenzó a contarme…

“Encontré a mi tío, el barón de Luther esta mañana. Se estaba escondiendo en una cabaña bajo el cuidado de varios hombres de la familia, al llegar a él me encontré a un ser completamente desconocido. Su piel estaba derretida como la cera de una vela gastada y las cuencas de sus ojos estaban casi perdidas dejando las pupilas completamente ocultas. Juro que dude un instante, hasta que comenzó a hablar. Largó una carcajada que pareció como un grito, una vez calmado me confeso la verdad. Él asesinó a la anciana para obtener la joya, el  zafiro de los mares, el cual entregó a la esposa de mi padre, si todo salía bien ese mineral venenoso asesinaría a todos y lo dejaría como regente de Durn. Pero a los pocos días notó que la bruja, antes de morir y con sus ultimas fuerzas, lo maldijo. “Tu alma será reflejada por tu carne” susurró  y bajo esas palabras comenzó a perder la piel, pelo y volverse un monstruo; debido a ello no  pensó en volverla castillo hasta recuperar su antigua forma. Cuando le pregunte el  por qué la bruja no padecía la enfermedad él me respondió que creía que el calor anulaba el efecto del veneno. Luego de ellos discutimos y peleamos, las cosas se complicaron y llamó a sus hombres. Apenas pude escapar y llegar a este río donde las fuerzas me abandonaron. Escúchame y escúchame bien, Reginald Lodesnor, en este pañuelo esta el zafiro de los mares. Necesito que te deshagas de él, para que no dañe a nadie mas llévala a un lugar donde nadie la encuentre jamás. Donde no pueda tomar otra vida.

Juré guardarla y llevarla conmigo cuando aparecieron los hombres del Barón Luther y escape sin más. Cabalgue durante largo tiempo, sin destino más que escapar de ellos cuando la noche me encontró; dirigí a mi caballo para que huya en dirección contraria y me adentre a pie a esta cueva. Antes de ingresar agarre unas cuantas ramas para poder mantener el calor durante la noche, mientras me habría paso y debido a la falta de luz y mi torpeza, sin querer golpie fuertemente la pared con la mala suerte de dañar la joya. Ésta, juro que era más delicada de lo que parecía, se partió en varios fragmentos que cortaron mi piel. En ese momento me di cuenta que estaba condenado, a menos que pueda mantenerme cerca del calor (como bien había sobrevivido la bruja al contacto con los cristales durante largos años) así que utilice la yesca para iniciar un fuego y mantenerme aquí el tiempo que pueda…

Y así estoy ahora, rodeado por más sombra que luz. El frío comienza a acelerar mi partida, mi alma comienza a flaquear junto a la llama… y cuando esta se extinga mi vida lo hará también.
Espero al menos cumplir mi promesa y que nadie jamás vuelva a encontrar esta joya…


----------------------------------------------------------------------------------------------------------


Benjamin quedó completamente estupefacto ante la historia, no solo por su contenido y poder sino por que recordó esas pequeñas piedras filosas con las que se había cortado mientras avanzaba por la cueva a ciegas, estas tenían un color particular. ¡Un color Azulado!


Ya era muy tarde para él, horas habían pasado y comenzaba a sentir la fiebre surgir. El fuego se acababa y con él se iría también su vida. Y ante esta situación solo habia una cosa por hacer...




Clink… Clink…Clink… Clink… Clink…Clink…   Clink…  Clink… 



Clink… Clink…Clink… 



Clink…


...